Desde Astorga hasta el Bierzo, por tierra de la Maragatería

Un recorrido por el Camino de Santiago a su paso por la comarca más famosa de la provincia de León
JULIO ARRIETA | @JulioArrietaSan |

Astorga, capital de la comarca leonesa de la Maragatería, presume de ser ciudad bimilenaria. Y con razón. Aunque se discute quiénes y cuándo la fundaron, los restos arqueológicos que atesora demuestran que los romanos establecieron aquí uno de sus campamentos, en concreto el de la Legio X Gemina. Asturica Augusta fue una ciudad próspera en época clásica y, tras superar los altibajos propios de la inestable época bajo imperial, creció, como poderoso episcopado, en la plena Edad Media, durante la época dorada del Camino de Santiago. De todo ello guarda recuerdo Astorga en monumentos de interés que, puestos en orden cronológico, van desde los citados restos romanos al modernismo de Gaudí. La primera impresión visual del visitante, si llega desde León y entrando por la antigua carretera general, casi los reúne todos. Se encontrará con la postal más típica de la localidad: un paño de la muralla -del siglo III, levantada por si vienen los bárbaros-, el palacio episcopal y la catedral formando una bonita composición fotografiada por miles de turistas y peregrinos al año. La tentación de sumarse a todos ellos y volver a sacar la toma es inevitable.

La catedral de Astorga es una de esas grandes iglesias que nacieron en el otoño del gótico, crecieron renacentistas y se remataron barrocas. De todos estos estilos y de ninguno en concreto, el templo transmite una sensación curiosa de armonía, como de conjunto bien proyectado. El mérito se lo atribuyen algunos autores a los canteros cántabros de la Trasmiera que la levantaron a partir de 1471. La fachada principal, flanqueada por dos torres, es un apabullante retablo de piedra barroco. Además de la profusión decorativa propia del estilo, llama la atención la diferencia de color entre ambos campanarios, debida al diferente tipo de piedra usada en su construcción. Aunque no llega a la monumentalidad de las catedrales de León y Burgos, sus hermanas mayores, la de Astorga es un edificio imponente. Merece la pena visitarse con calma y detenerse en el museo catedralicio y el claustro.

Se puede decir que la catedral y el palacio episcopal van a juego. Los siglos los separan, pero la proximidad espacial los une. Esto obligó al arquitecto del segundo, Antonio Gaudí, a armonizar su proyecto con el del templo ideado por sus antecesores, lo que no debió de suponerle demasiada molestia, porque este edificio forma parte de la etapa medievalista del creador de la Sagrada Familia. Inspirado en los trabajos de Viollet-Le-Duc, el palacio episcopal de Astorga es un estupendo ejercicio estilístico a mitad de camino entre el modernismo más historicista y el neogótico, que parece un castillo de cuento. Realizado por encargo del obispo Joan Baptista Grau i Vallespinós, paisano del arquitecto, no llegó a ser terminado porque, tras la muerte del eclesiástico, el cabildo y Gaudí no se entendieron y la obra quedó parada. El edificio fue concluido en los años 70 y hoy es la sede del Museo de los Caminos, aunque es uno de esos casos en los que el continente se impone al contenido.

Callejeando, el visitante llegará a la bonita Plaza Mayor, dominada por la fachada barroca del Ayuntamiento, que parece un reflejo civil de la religiosa de la catedral. Atención al reloj, en el que las figuras de los maragatos Juan Zancuda y Colasa se encargan de dar las horas. Otra visita indispensable es la del Museo Romano, en el que conviene apuntarse a la Ruta Romana, un recorrido que incluye, entre otras cosas, parte de las termas, las antiguas cloacas y la ergástula, un túnel de 50 metros que en su día atravesaba uno de los lados del foro romano. Si al visitante le tira más la vena golosa que la arqueológica, quizá prefiera acercarse al Museo del Chocolate. Los indecisos tienen a su disposición una entrada combinada que por 4 euros da acceso a ambos centros.

Desde Astorga, el excursionista puede adentrarse en la Maragatería siguiendo el trazado del Camino de Santiago, lo que le convertirá en peregrino, aunque sea por un día. La primera parada es Castrillo de los Polvazares, el pueblo maragato por excelencia, tanto que casi parece un decorado. Sobre los maragatos se ha escrito y discutido mucho sin sacar nada en claro. Etnógrafos y estudiosos destacan su aislamiento y endogamia en tiempos pasados, sus costumbres y vestimentas propias. Debates etnológicos aparte, fue una población de arrieros, actividad que se refleja en el diseño de sus casas y pueblos. Así se aprecia en este de Castrillo de los Polvazares: las calles empedradas son amplias, para facilitar la circulación de los carros y las casas, de piedra roja, disponen de amplios portalones, patios y cuadras. Es posible que el turista haya llegado hasta aquí atraído por el famoso cocido maragato, comida de grueso calibre que se distingue porque el orden de los manjares es inverso al de los demás cocidos: aquí se empieza por la carne, abundante y variada, y se acaba por la sopa. En Castrillo de los Polvazares hay varios restaurantes donde degustarlo, pero conviene llegar con la mesa ya reservada.

Desde Astorga hasta el Bierzo, por tierra de la Maragatería

Castrillo de los Polvazares, el pueblo maragato por excelencia.

Al salir de Castrillo siguiendo el Camino de Santiago, y a unos centenares de metros, el viajero dejará a mano derecha un castro romano, y quizá también indígena, que ha sido excavado parcialmente por los arqueólogos. No hay gran cosa que ver, pues casi todo sigue bajo tierra, pero desde este punto el fotógrafo de paisajes tiene una buena vista del pueblo que acaba de abandonar. Siguiendo el Camino, el viajero atravesará varios pueblos maragatos más o menos poblados, pero todos con buenos ejemplos de arquitectura rural: Santa Catalina de Somoza, El Ganso, Rabanal del Camino… Han recobrado vida gracias a la popularidad contemporánea del Camino de Santiago, que en este tramo va cogiendo altura y se va convirtiendo en una ruta de montaña a través de un paisaje cada vez más agreste y duro. Cerca del Ganso -conviene preguntar-, está La Fucarona, una mina romana de oro al aire libre, explotada con el mismo sistema de ‘ruina montium’ que las célebres Médulas del Bierzo.

Una de las curiosidades de Rabanal del Camino es que aparece citado como fin de etapa en el célebre ‘Codex Calixtinus’, la famosa guía medieval del Camino de Santiago. El pueblo conserva el antiguo hospital de peregrinos y una iglesia parroquial atribuida a los caballeros templarios. A partir de Rabanal, el Camino comienza a ascender convertido ya en puerto de montaña. Foncebadón es uno de los pueblos resucitados por la afluencia de peregrinos. Hace tres décadas, el viajero demasiado curioso al que le daba por atravesarlo corría el riesgo de ser presa de los perros asilvestrados que vivían entre las casas abandonadas. Pero hoy el pueblo vuelve a estar habitado y hasta dispone un par de acogedores establecimientos hosteleros. Desde Foncebadón, el repecho se acentúa hasta llegar a la cruz de Ferro, uno de los hitos más peculiares de toda la Ruta Jacobea. Aquí el visitante ocasional observará un rito de esos que nadie sabe desde cuándo se lleva practicando: los peregrinos llegan hasta aquí acarreando una piedra, generalmente marcada con su nombre y la fecha, a veces con un deseo, que arrojan a un montón que con el paso de los años ha adquirido proporciones respetables, con varios metros de altura. En la ‘cumbre’ hay un tronco en cuya punta se levanta una modesta cruz de hierro, precisamente la que da nombre al extraño monumento. Admirar el montón de pedruscos está bien, pero lo que sobrecogerá al viajero será el magnífico panorama montañoso que lo rodea.

Desde aquí el viajero puede regresar a Astorga o seguir hasta Molinaseca, ya en el Bierzo, pasando por Manjarín y El Acebo. Justo a la salida de este último pueblo merece la pena desviarse hasta Compludo, lo que supone descender hasta un valle digno de un cuento artúrico por una carretera de pendiente temible. La herrería de Compludo es de visita obligatoria. Tradicionalmente se ha situado su construcción en el siglo VII, aunque, por lo visto, historiadores rigurosos y algo aguafiestas han demostrado que en realidad se construyó en el siglo XIX. En todo caso, el mecanismo que mueve el martillo pilón impulsado por el agua aún funciona y se pone en marcha para deslumbrar a los asombrados visitantes ante el ingenio de sus constructores, que se las apañaron para diseñar un sistema por el cual el fuelle es innecesario para avivar las llamas: el efecto venturi producido por el paso del agua genera una corriente de aire que se inyecta por un conducto sobre la fragua.

Si el viajero prefiere regresar a Astorga, no está de más que en Rabanal del Camino tome el cruce a la derecha hacia Santa Colomba de Somoza para acercarse a Turienzo de los Caballeros. Por supuesto, los caballeros en cuestión son los templarios. Y, si no lo fueron, la desconcertante moda relacionada con esta orden de cruzados se ha encargado de que acaben siéndolo. Hubiera templarios o no en Turienzo, alguien levantó una bonita iglesia dedicada a San Juan Bautista en la que destacan dos bonitas ventanas románicas. El torreón de los Osorio, construido en el siglo XIV y también relacionado con los templarios por los autores más entusiastas, es el otro edificio de interés del lugar. De propiedad privada, sus dueños lo abren ocasionalmente a las visitas.

Fuente: elcorreo.com

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